Nadine

Un viaje a Barcelonnette en los Bajos Alpes franceses.

Barcelonnette, con los Alpes como fondo y contexto

Actualmente Barcelonnette, o Barcelonita, como suele decirse en castellano, es ante todo un importante sitio para los deportes de invierno, ubicada en las proximidades del Col de Larche que conecta a Francia con Italia. Cuenta como toda la región alpina con estaciones para esquiar y actividades de montaña que comprenden sus propias instalaciones hoteleras. Destacan lugares como Pre Loup, Les Sauze y Les Super-Sauze. Pero en la ciudad y sus alrededores más próximos también existen hoteles y gîtes para quienes visitan la región del Ubaye con finalidades diferentes. Recuerdo que en una ocasión me hospedé con mi esposa, y en otra con mi hija Cecilia, en la gîte Auberge L’Éterlou, una posada de atención familiar muy sencilla, rústica y confortable, que contaba con salón común muy acogedor para el reposo y la lectura, así como un amplio comedor en el que se ofrecía diariamente el p’tit déjeuner con café o té y una variedad amplia de mermeladas de fruta hechas en casa. Como el hostal se ubica en un terreno alto sobre la carretera que va a Jausiers, tiene una vista privilegiada y desde sus balcones y ventanales se disfruta de un paisaje montañés espléndido. 

La ciudad de Barcelonnette, por la historia de sus migraciones, tiene muchos vínculos con nuestro país y con ciudades como México, Orizaba, Veracruz, Puebla, Guadalajara, Durango… y otras más que no recuerdo ahora. Para quienes se interesen por la historia de las migraciones barcelonitas a México, les recomiendo los libros de Leticia Gamboa sobre el tema y también la obra colectiva en varios volúmenes denominada México Francia. Memoria de una sensibilidad común, editada por el la Universidad Autónoma de Puebla. Pues bien, como les decía, ese importante fenómeno de los migrantes y viajeros “barcelos” a nuestro país, ha dejado en su propio entorno urbano diversas huellas que aluden al recuerdo de las aventuras trasatlánticas de sus antiguos pobladores, muchos de los cuales eran colpoltreurs de toda esa región del Ubaye antes de partir a América. En efecto, los barcelonitas o ubayens que lograron grandes fortunas en México durante el Imperio de Maximiliano o en el Porfiriato, a su regreso a Barcelonnette construyeron toda una nueva zona de la ciudad con lujosas residencias de veraneo (“Mansiones mexicanas”) bautizadas con nombres como Villa Durango, Villa Morelia, Villa Puebla, y también dieron a determinados lugares en la ciudad nombres alusivos a sus remembranzas, por ejemplo la Av. Porfirio Díaz y la Plaza Valle de Bravo, sin olvidar que el principal hotel de la ciudad lleva por nombre Hotel Azteca. También están presente en el espíritu de los barcelonitas, muchos aspectos de la cultura y el folklore mexicano que recrean en las fiestas de octubre, cuando abunda la venta de artesanías y platillos mexicanos, y se escuchan con alegría las notas del mariachi.

Por estas características históricas, Barcelonnette y las poblaciones emplazadas en las riberas del rio Ubaye son también, en sí mismas, un atractivo para visitar esta hermosa región alpina, más aún cuando esa particular historia de vínculos centenarios con México se ha sabido conservar con estudios, publicaciones y relaciones con historiadores de ambos lados del atlántico, como el que existe particularmente en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Puebla. La riqueza que guarda en sus salas el Musée de la Vallée de l’Ubaye, un atractivo más de la ciudad, es testimonio de esa preocupación de los barcelonitas por mantener vivos sus recuerdos y transmitir la historia de sus viajeros.

En alguna ocasión que me encontraba en Francia con mi esposa, quien se había citado en Paris con Jean-Louis d’Anglade para trabajar la edición en español de su libro Un patron barcelonnette au Mexique. Joseph Ollivier, tuve la oportunidad de visitar nuevamente la ciudad de Barcelonnette, así es que mientras Leticia atendía sus compromisos editoriales en la Ciudad Luz, yo acepté gustoso la grata invitación de la directora del Museo de la ciudad bajoalpina y me lancé en solitario al Valle del Ubaye. 

Ascenso a los Alpes

Fue un viaje interesante que comenzó una fría mañana del mes de abril, cuando abordé el tren en la Gare de Lyon con sólo café  y un croissant por desayuno. En la comodidad de un grand vitesse recorrí en sólo 2 ½ horas la distancia entre París y la ciudad de Valence, acompañado con la última novela policiaca de Fred Vargas y sus “evangelistas” que adquirí en el puesto de periódicos de la estación. Ya en Valence hice un cambio para tomar un tren sencillo, de apenas tres vagones y vía angosta que me llevó por un trayecto de montaña espectacular hasta la ciudad de Gap. 

Había tomado esta ruta de Valence, distinta a una ya conocida que pasaba por Grenoble, simplemente por curiosidad turística, decisión que resultó muy afortunada y agradable. Pude sentir de cerca la emoción de transitar por los bordes de las montañas y ver bajo de mí cañadas profundas, en partes rocosas y en otras plenas de coníferas. Fue también emocionante el encuentro repentino con una densa niebla que daba la impresión maravillosa de un paseo por las nubes. No pude dejar de relacionar esta sensación con el lejano recuerdo de un viaje familiar a la ciudad de México, allá por los años sesenta, en el desaparecido tren de vía angosta que corría de Teziutlán a Oriental, en la sierra norte del Estado de Puebla. 

En el ascenso a los Alpes pude ver pequeñas ciudades y caseríos que el tren conectaba desde orillas del rio Drôme, como Livron y Crest, hasta otras ubicadas a mayor altura como Saillans, Die, Luc-en-Diois y Veynes, estas últimas construidas en las pequeñas planicies que permite un terreno accidentado rodeado de montañas y que van anunciando el arribo a la ciudad de Gap, capital del departamento de Altos Alpes y destino final del curioso ferrocarril. En este tramo de mi paseo alpino que duró alrededor de tres horas, el ritmo lento del convoy que semejaba la marcha difícil de aquel antiguo tren Teziutlán-Oriental que les he comentado, trajo a mi memoria también la imagen de los viejos poblados como Chignautla, Teteles, Tlatlauquitepec, Zaragoza y Tenextatiloyan que aparecían repentinamente al paso del tren, entre el verdor de los huertos y de los maizales y con la presencia fantasmal de la neblina. 

Lo que siguió fue otro trayecto no menos impactante, ahora en un autobús que me llevaría finalmente a Barcelonnette, la más importante ciudad en ese entorno fronterizo franco-italiano denominado Bajos Alpes. En Gap permanecí varias horas esperando la salida vespertina del transporte con el que culminaría el viaje, por lo que me instalé en una pequeña brasserie que hacía las veces de parada de autobuses, pedí una cerveza y una sencilla baguette con salchicha y me puse a terminar la lectura de mi novela hasta que dieron las cinco de la tarde.

Así llegué por la noche a mi destino, y si bien me encontraba contento por estar nuevamente en Barcelonnette respirando su agradable atmósfera fría y lluviosa, también me embargó un poco la incertidumbre al no encontrar a quien debía recibirme en la estación del autobús. Entonces me quedé pensando apesadumbrado, y cubriéndome de la lluvia en el umbral de un restaurante, lo que serían los días siguientes en medio de las montañas.

El autobús a Barcelonnette partió por la carretera D45 con no más de la mitad del cupo. Algunos de los viajeros bajaron en estaciones de las cercanías de Gap, otros lo hicieron en Tallard donde el autobús tomó la carretera D 942 y sus ramales para seguir a Jarjayes y continuar por la 900 B hasta alcanzar Remollon y Espinasses, donde se rompe lo escarpado del panorama con la quietud verde-azul del Lago Serre-Ponçon. Muchos de los viajeros, alrededor de una decena, fueron bajando en los poblados que encontrábamos en el trayecto, los demás seguimos hasta el final del viaje. Y mientras pasábamos por pueblos como La Bréole, Le Lauzet-Ubaye y Les Thuiles la noche se fue apoderando del valle convirtiendo las tonalidades blancas y verdes de las montañas en siluetas oscuras atrapadas en un manto azul marino salpicado de estrellas. 

Arribo al Museo del Valle del Ubaye

Llegué a Barcelonnette de noche y con una fuerte lluvia. Bajamos en la Plaza Aimé Gassier los últimos pasajeros que veníamos desde la ciudad de Gap. Había un amplio estacionamiento, con el mercado de la ciudad enfrente y distintos comercios a su alrededor, incluyendo la parada del autobús. Yo trataba de encontrar a mi anfitriona entre las personas que circulaban por los alrededores. La lluvia había retrasado seguramente su llegada, pensé, mientras buscaba un refugio para esperarla, tratando de vislumbrar a distancia su silueta. 

Estuve parado un buen rato en el umbral de una pequeña cafetería de la plaza, viendo como el movimiento de personas comenzaba a disminuir y varios comercios cerraban sus puertas. Me estaba quedando aislado en aquel lugar, sólo acompañado con la sombría presencia de unas montañas inmensas que rodeaban la ciudad, apenas perceptibles en la oscuridad de la noche. No había logrado comunicarme telefónicamente a la oficina de mi anfitriona Madame H*, único número con el que contaba. Con esas preocupaciones en mente traté de ordenar mis pensamientos para decidir cómo instalarme en Barcelonnette de no lograr contacto inmediato con la gentil barcelonita que me había metido en esta aventura. Me acomodé en una mesa de la cafetería y saqué mi agenda de la mochila para buscar el teléfono del Auberge L’Éterlú, una gîte que había conocido en una visita anterior, y también el del céntrico Hotel Azteca. Quería saber si podía hacerme de una habitación de emergencia, sin reservación previa.

Toda mi incertidumbre desapareció de repente, al escuchar mi nombre y ver que entraba a la cafetería una dama joven que, según me explicó, venía enviada por Madame H* para recibirme y llevarme al alojamiento que me tenían previsto. De inmediato nos presentamos y ella se disculpó por el retraso que le habían ocasionado diversas encomiendas de las que se había hecho cargo durante la tarde. Su nombre era Nadine, y me dijo muy afable que trabajaba como asistente de dirección en el Museo de la ciudad. 

No la interrogué más sobre el particular y nos fuimos caminando rodeando la plaza. El chubasco había amainado sensiblemente y sólo quedaba una suave llovizna que mantenía la humedad de la atmósfera y esto nos permitió caminar hacia el oriente por toda la avenida Porfirio Díaz, apenas cubiertos con su paraguas. Llegando a la calle Henry Mercier seguimos nuestra marcha hacia el centro de la ciudad para alcanzar la calle principal, denominada Manuel, donde tornamos a la derecha y seguimos por la Av. Libération hasta una residencia marcada con el número 10 que me era conocida. Sorpresivamente, Nadine me dijo: “Aquí vas a dormir, Ricardo, serás huésped del Musée de la Vallée. ¡Bienvenido! Mañana te verá nuestra directora para saludarte.” 

Atravesamos la verja y el patio frontal de la residencia, subimos algunos escalones y entramos en aquella bonita mansión de veraneo de finales del siglo XIX, con detalles Art nouveau, conocida como la Sapinière, que había sido edificada por Alexadre Reynaud y que hoy, convertida en museo, guarda muchos de los tesoros de la memoria barcelonita, de sus migrantes y viajeros. La construcción ha sido convertida también, por la infatigable labor de su directora, en un monumento al genio empresarial, artístico y arquitectónico de los ubayens.

Pues bien, Nadine me obsequió algunos mapas que se encontraban en el exhibidor de la entrada y me condujo al segundo piso del inmueble por una amplia escalera, adornada con unos vitrales que seguramente vería iluminados a plenitud por la mañana. Esta chambre –me dijo, indicándome que entrara– fue en otro tiempo la oficina de dirección del museo, está acondicionada para que pases la noche. La habitación todavía tenía íntegra, de sus épocas residenciales, una amplia y bien equipada salle de bain. Una vez que me hube instalado me despedí de Nadine, quien prometió sonriendo mostrarme todo el museo al día siguiente. Acto seguido me dio las buenas noches con un beso en cada mejilla, uno de esos gestos franceses tan graciosos que pueden alcanzar infinidad de significados.

Una vez en “mi habitación” y todavía con el asombro de que dormiría en el corazón mismo de la memoria histórica de los barcelos, vacié mi maleta y acomodé las pocas cosas personales que cargaba para mi estancia, poniendo en una pequeña mesa de servicio dos mudas de ropa limpia y el pijama, y en el baño mes affaires de aseo personal. El suéter, la gorra y la chamarra los coloque en un perchero de madera que estaba a la entrada del cuarto. La habitación contaba, como les he dicho, con un buen baño y además un pequeño cuarto contiguo habilitado como cocineta, con los enseres eléctricos necesarios para preparar un repas sencillo, sobre todo por la mañana o la noche. Lo importante es que habría café para los ratos de reposo y agua caliente para la limpieza del cuerpo.

Para mi viaje llevaba una Guía del caminante y otras publicaciones regionales que iba tomando en las estaciones del ferrocarril. Con esto pude contar con la información práctica para moverme en las montañas. Por eso me dediqué antes de dormir a echarle un ojo a toda esta información y sobre todo a revisar con cuidado los mapas de la zona.

Una visita de madrugada a las primeras salas

Dormí formidablemente, el cansancio del viaje me regaló un sueño profundo muy reparador, así es que desperté de madrugada como de costumbre, cuando la luz del día apenas se anunciaba y el edificio seguía sumido en la oscuridad. Me entró de pronto la curiosidad por asomarme a las otras habitaciones de la mansión y conocer, en calidad de visitante privilegiado y con toda la calma que la situación me permitía, los acervos del Musée de la Vallée. Me imaginaba como un guardia nocturno que hacía con parsimonia su ronda de vigilancia. Así es que discretamente, sin encender las luces, me metí a una de las salas del primer piso, donde algunos leves rayos de luz del ventanal lograban dibujar tímidamente los perfiles de los objetos de la exposición. 

En la penumbra se alcanzaban a avizorar instrumentos y muebles rudimentarios de distinto tipo: una prensa, una balanza, cunas y sillas para niños, pinturas que mostraban la vida productiva de los lugareños, cubetas para batir la nieve y otros utensilios domésticas, algunos objetos eran de hierro y la mayor parte de madera. Este conjunto de herramientas y herrajes describían una vida cotidiana sencilla y primitiva, propia de los más antiguos montagnards del Valle del Ubaye cuya economía estaba evidentemente sustentada en la agricultura y el pastoreo de ovejas. Destacaba en el conjunto de artículos un interesante meule o muela afiladora, muy parecida a las que todavía vemos en nuestro país montadas en bicicletas. Con esta afiladora de piedra, cuya estructura era de madera y movida con un pedal, se afilaban tanto instrumentos de trabajo como domésticos: guadañas, martillos, tijeras, hoces, cuchillos, etc. Un artesano ambulante recorría los caseríos ofreciendo sus servicios, no sabría si sonando un silbato característico como el que conocemos en México. 

Aquellos objetos me llevaron a imaginar la dureza de la vida campesina del Antiguo Régimen en esta región de Francia, de hombres y mujeres cuyo trabajo rural apenas si les daba lo necesario para subsistir en sus precarias economías familiares. Una vida por lo demás de gran monotonía, cuyos ritmos estaban dictados por las estaciones del año, los tiempos de labranza, la crianza del ganado y las fiestas parroquiales. Me acongojaba pensar que para esos ubayens los gélidos inviernos de montaña no habrían sido tan románticos como uno los quiere imaginar en estos tiempos.

La exposición de las herramientas y muebles de aquella sala, que referían al trabajo agrícola y a las labores en las granjas, cumplían muy bien la finalidad de ofrecer al visitante un botón de muestra de lo que pudo ser la vida de los antiguos bajoalpinos. Este hecho trajo a mi memoria un interesante artículo del historiador Georges Duby que encontré en alguna publicación, creo que recogía una conferencia dada por el medievalista sobre la región alpina, apuntando sobre el tipo de huellas que se requiere buscar para reconstruir la vida de los grupos sociales cuando no hay suficientes datos escritos. Por ejemplo, decía, para conocer la cultura tecnológica en las sociedades rurales hay que estudiar los efectos que sobre la tierra han ocasionado sus labores de labranza, el trazado de caminos para el trasiego de sus productos, de su ganado… Interesante lección que la museografía recoge para explicar de manera clara y sintética los jirones de historia antigua. 

En este caso, se trataba de la vida y trabajo de los viejos ubayens empobrecidos, cuyos hijos decidieron salir de aquellos pueblos a buscar fortuna, primero como vendedores ambulantes o colporteurs, cuyas rutas de comercio iban de Marsella a los Bajos Alpes, y después, en la segunda mitad del siglo XIX, emprendiendo el viaje trasatlántico hacia las Américas. ¡Una gran aventura!

Ediciones y otras salas del Museo

Tal como lo había prometido, Nadine apareció a la mañana siguiente en el Museo y me encontró paseando por el enorme jardín de la parte trasera, donde se podían apreciar otras mansiones de veraneo de la “nueva” Barcelonnette, construidas al regreso de México por barcelonitas que habían hecho fortuna.

Nos saludamos a la usanza francesa que tanto me agradaba y antes de llevarme al interior del museo permanecimos platicando un rato mientras disfrutábamos el comienzo de un día que se anunciaba claro, un poco frío pero asoleado. Nadine aprovechó para avanzarme algunas informaciones personales. Me dijo que su familia era oriunda de la región, por lo que se sentía orgullosa del pasado de los “ubayens” y de sus éxitos en América. Se veía que llevaba bien puesta la camiseta del “Musée de la Vallée” y valoraba sus tareas culturales y su significado, lo cual me confirmó que el trabajo realizado por su directora, Madame H*, era de suma eficacia entre la población bajoalpina en términos identitarios y explicaba el aprecio del que gozaba entre la comunidad. Nadine aprovechó también el momento para decirme que había pensado proponerle a la directora de acompañarme durante mi visita a Barcelonnette. Me sugirió un itinerario para el primera jornada que comprendía el recorrido de algunas de las salas del museo, después un paseo por Faucon y Jausiers, donde tomaríamos un “tente en pie”, para subir enseguida hasta Saint-Paul-sur-l’Ubaye. Regresaríamos a Barcelonnette por la tarde para ver a la directora y cenar con ella en el centro de la ciudad. Pues bien, me esperaba un día interesante –dije para mis adentros.

Cuando entramos nuevamente al interior de La Sapinière, Nadine me pidió esperarla mientras veía si había llegado madame H*, la directora del museo, por lo que aproveché para fisgonear en el exhibidor de libros y revistas los títulos que publicaba la editorial local, Sabença de la Valéia, con la que mi universidad tenía algunas coediciones. Destacaban algunos títulos que conocía como Les Barcelonnettes au Mexique. Récits et Témoignages, de varios autores (2004), que trata sobre las experiencias particulares de migrantes bajoalpinos en América y sus contextos, particularmente en la Luisiana y en México; también estaba Au-delà de l’ocean. Les barcelonnettes à Puebla, 1845-1928, de L. Gamboa (2004), donde se da cuenta de la complejidad económica, social y cultural de los migrantes bajoalpinos, evidenciando que ese grupo desplegó en nuestro país actividades mucho más amplias y diversas que el comercio, hoy mistificado por tiendas departamentales de ropa y novedades; estaba allí también el libro titulado Un gran patron barcelonnette au Mexico, Joseph Ollivier, de Jean-Louis d’Anglade (2010), que relata la vida y obra del suegro del autor, un gran empresario que bajo el periodo de 1850 a 1910 se constituyó como líder y ejemplo de la modernización industrial y económica promovida por empresarios barcelonitas en México. En el exhibidor había además un libro en español titulado México Francia. Memoria de una sensibilidad común, siglos XIX-XX, obra colectiva coordinada por J. Pérez Siller enfocada a destacar la influencia cultural francesa en la sociedad mexicana desde el siglo XVIII, y que inauguró una importante colección de este tipo de investigaciones con sede en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. En fin, eran títulos que daban cuenta del interés de la comunidad barcelonita por la publicación de historias, biografías y experiencias de las migraciones y la incidencia de los valéians en México.

A los pocos minutos Nadine regresó, bajando las escaleras a pequeños saltos y me informó que la directora estaba a punto de iniciar una reunión con miembros del ayuntamiento, y que efectivamente Nadine me acompañaría los días de mi visita, pidiéndole además vernos por la tarde. Esto nos dejaba día entero para que la joven guía me llevara a los lugares que tenía pensado en su programa, superbe!

Nadine eligió para visitar de inmediato las Salas que mostraban, por una parte, las épocas en que los ubayenses y piamonteses, campesinos franceses e italianos dedicados hasta entonces al pastoreo y al comercio de la lana, comenzaron a mediados del siglo XIX su éxodo hacia las Américas, visualizando La Louisiane y México como sus puntos de interés. La museografía de esa sala se abría con unos borregos enormes y estilizados que aludían notoriamente a la economía rural originaria de los pobladores del Valle del Ubaye. Había también cuadros con distintas imágenes de época, paisajes, retratos y objetos diversos recuperados por el museo, que pertenecieron a los viajeros y fueron donados por las familias de los indianos.

Otra sala se refería a los primeros años de trabajo de barcelonitas en México, cuando se desempeñaban como vendedores ambulantes de tela y ropa, teniendo como medios de transporte apenas unos caballos, sobre los cuáles recorrían la geografía de México y construían sus rutas comerciales con velises repletos de telas y ropa a cuestas. Estas imágenes son contrastadas más adelante con la exhibición de fotografías en gran formato de las modernas tiendas de ropa y novedades que terminaron construyendo en la ciudad de México y en otras ciudades del país como Puebla, Guadalajara y Durango entre otras. 

Paseo por los poblados cercanos al Ubaye, hogar de Nadine

Ya en el camino a las montañas, dentro de un pequeño Citröen de madame H* que Nadine condujo con solvencia, emprendimos el asenso por la ruta hacia Col de Larche, la frontera con Italia. Y mientras manejaba, mi guía siguió platicando de su familia con mayor detalle. Nadine Caire había nacido en Faucon-de-Barcelonnette, un pequeño pueblo –podría decirse caserío– de no más de trescientos habitantes, ubicado a la salida de Barcelonnette por el camino a Jausiers y que sería nuestra primera parada del paseo. El poblado tenía poca relevancia más allá de sus espléndidos paisajes alpinos, aunque también contaba con un convento dedicado a Saint-Jean de Matha (1160), fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y de los cautivos. Esta orden en sus orígenes se dedicó justamente a rescatar cristianos apresados por los sarracenos y después a comprar y liberar esclavos en ambas orillas del Mediterráneo. Por otra parte, Faucon se enorgullecía de un interesante monumento llamado la Torre de l’Horlorge, que era el campanario de una iglesia románica en el siglo IX y reconstruída en parte en el siglo XVI. Todas estas informaciones interesantes me las trasmitía Nadine con gran prestancia, primero durante el ajetreo de subir al campanario y después sentados en un bar situado al lado de la torre, donde mi guía adoptó la divertida pose y los modales de promotora turística. 

Empero, en realidad era Jausiers de donde provenía la rama paterna, de apellido Caire, algunos de cuyos integrantes habían cursado la experiencia de viajar a nuestro continente estableciéndose en distintas regiones de México. Y es precisamente en Jausiers donde hicimos la siguiente parada de nuestro promenade. Estacionamos la voiture cerca del centro y recorrimos a pie la Grand Rue, su calle principal, y algunas otras callejuelas típicas; una de las cuales nos condujo al Hotel Villa Morelia donde nos informaron que su restaurante ofrecía para el almuerzo el famoso farcement o farçon, al que Nadine se refirió como una suerte de pastel salado-dulce savoyano de tiempos medievales, a base de patatas, bacon, huevo y frutos secos. Coincidimos en regresar más tarde a saborearlo despúes de nuestra visita a Saint-Paul, mientras tanto aceptamos tomar en el bar del hotel un licor de la región, Génépy, para refrescar la garganta y continuar la plática.

Jausiers es una comuna de la región del Ubaye que aportó numerosos jóvenes a la corrientes migratorias hacia México –aseguraba Nadine, trayendo a colación sus indagaciones en artículos y registros existentes en los archivos del Museo. Sólo de su familia paterna, los Caire, estaban anotados nueve varones de distintas profesiones y oficios que salieron de Jausiers entre los años de 1847-1852. Por cierto, la interrumpí mientras daba otro sorbo a mi génépy, recuerdo que en mis viajes a Morelia, Mich., donde visito con frecuencia a algunos familiares, conocí a un personaje de apellido Caire que se desempeñó como funcionario municipal y poseía en esa ciudad un restaurante de mariscos muy conocido. Nadine se sorprendió y permaneció reflexiva.

Por el lado materno, continuó Nadine, estoy emparentada con los Signoret. Entonces vino a mi memoria que un tal Joseph Magloire Signoret, originario de Saint-Paul y también migrante, fundó con otros dos compatriotas un establecimiento comercial en Puebla que contaba con pastelería, restaurante-bar, billares y un hotel. En la Angelópolis decimonónica, el “Magloire” –como se llamaba esta negociación– fue de tan alta aceptación que, como refiere la historiadora L. Gamboa, era el lugar preferido de los oficiales invasores de Napoleon III que lo encontraban, al igual que los conservadores locales, tout à fait parisien.

Con esos asendientes en la familia, Nadine no podía dejar de interesarse en los acontecimientos de la migración barcelonita en México, pues frecuentemente escuchaba noticias y anécdotas de parientes que salieron del Valle a buscar nuevos horizontes o de sus descendientes, ya nacidos en el Nuevo Mundo. Estos vínculos con la migración bajoalpina la llevó –me dijo muy animada– a estudiar el español y a interesarse por la historia y las ciencias sociales, lo cual la convenció de inscribirse en la Universidad de Lyon III “Jean Moulin”, donde ahora cursaba una maestría en la Facultad de Letras y de Civilizaciones. En aquellos momentos que la conocí, Nadine realizaba en el Museo del Valle una estancia de estudios ligada a su formación como historiadora y bajo la tutela de madame H* la directora.

Nadine Caire era una mujer joven e inteligente, de un espíritu muy observador y parlanchín, lo que sin duda debe uno valorar cuando la tienes como tu compañera y “guía de turista” en un lugar tan lejano. Siempre tenía un comentario oportuno sobre cualquier detalle que pudiera interesarte, de los lugares a los que te llevaba y de los pobladores. Cuando le preguntabas sobre algún acontecimiento en particular, sus explicaciones comprendían inevitablemente historia y circunstancia, pelos y señales. Era realmente agradable y divertido pasear con ella, sabía además la vida y milagros de muchísima gente de la región, sus orígenes, fortunas, actitudes políticas, matrimonios y parentela. Me acompañaba, no les miento, una verdadera enciclopedia viviente y mucho se lo agradecí a madame H*.

Pero Nadine tenía otras cualidades más que me gustaban: era una mujer corageuse, guapa, con una cara redonda, blanca y de grandes ojos cafés que se ocultaban tras unos anteojos modernos de estilo “intello”; tenía unos labios gruesos, bien dibujados, una voz sonoramente grave tendiendo a mezzo y un cuerpo de buenas formas, relativamete robusto y de gran aglidad; era además una mujer que siendo moderna en sus costumbres, feminista y de un laicismo casi militante, mostraba una afición impresionante por la cocina regional, siendo muy atenta a cuanto tema gastronómico le proponía. Con todo ello, Nadine me pareció de una personalidad muy sensible y atractiva. 

Pues bien, terminamos las copas de licor y continuamos nuestro periplo andino hasta Saint-Paul-sur-Ubaye sin mayores expectativas que seguir solazando nuestra vista con el paisaje de un día luminoso. Nadine insistió en bajar nuevamente del carro para curiosear en un pequeño templo a la entrada del poblado, sin embargo no pudimos hacerlo porque la puerta del atrio-cementerio estaba obstruída todavía por la nieve. Tomé algunas fotos de las montañas y quise hacer una directamente de Nadine con el Col de Lars de fondo, pero me sorprendió dando un salto hacia atrás para quedar posando como diva hollywoodense. Finalmente regresamos, muy divertidos y con el apetito alborotado por las caminatas, pensando en el Farçon que nos esperaba en el restaurante de Jausiers y en el vino que engalanaría nuestra mesa… Entonces mi empeñosa amiga me reveló que tenía preparada para el día siguiente una gran sorpresa.

Una charla gastronómica

El repas que tomamos en el restaurante del Hotel “Villa Morelia” de Jausiers cumplió un doble papel, saciamos el hambre con un sencillo pero exquisito “Farçon”, y tuvimos la oportunidad de conocernos mejor con una amena charla que tocó tanto el interés de Nadine por las historias de los pobladores del Ubaye, sus estudios en la Universidad de Lyon y, por mi parte, algunas de mis vivencias en su país y el aprecio creciente que sentía por Barcelonnette. Finalmente, la plática se centró en temas culinarios. Para empezar por lo que teníamos frente a nosotros: la generosa rebanada de “farçon”, que desprendía el exquisito aroma de su capa de tocino y llamaba a saborearlo de inmediato.

Nadine pidió un vino rojo joven y quiso ilustrarme sobre ese curioso pastel de papa relleno de frutos secos. “Este platillo –inidicó tomando un trozo con su tenedor– cuyo nombre puede decir distintas cosas según las regiones, en algunas se refiere a un plato formado por capas de salchichas y vegetales; en la nuestra, en cambio, sigue la tradición saboyana desde la edad media, y consiste en una composición sencilla e imaginativa de ingredientes crudos, que puede ser la quintaesencia del plato saboyano. 

Así, mientras avanzaba en la explicación y su voz cobraba un tono emotivas, Nadine me atrapaba con el sabroso contenido de su conversación, y también con la viveza de sus gesticulaciones. El plato saboyano como puedes ver –me dijo, dándose tiempo de un primer bocado– está hecho básicamente de pommes de terre en puré o ralladas y mezcladas con huevos, crema y tocino, formando una masa a la que se agregan frutos secos como ciruelas, pasitas y arándanos e incorporando a menudo especias, particularmente pimienta y nuez moscada. La cocción se realiza por lo general en un molde especial alto de tipo rosca y en baño María, aunque puede también hornearse en una terrina. Las familias –agregó Nadine finalizando su comentario– acostumbraban comerlo los domingos, por lo que lo dejaban a cocción lenta mientras asistían devotamente a la misa y lo consumían al regreso.

Le agradecí la explicación y observé que el “farçon” que paladeábamos, lo habían adornado con una gabardina de tocino, lo que le daba un toque de elegancia a la manera de Escoffier, aunque no me atreví a preguntarle si eso era también parte de la tradición savoyana. Pero más allá de los apuntamientos gastronómicos de Nadine, no puedo dejar de comentarles el placer que significa saborear este exquisito pastel, cuya melange de sabores salados y dulces se enaltecían con el Beaujolais Nouveau que lo acompañaba. 

Le dedicamos todavía una hora más a nuestra conversación de sobremesa, en la que aproveché también para hablarle de algunos platillos mexicanos que me gustaban especialmente, como la Sopa de hongos y el Chilpozontli de la sierra norte de Puebla, el pipián de cerdo, el bacalao navideño, el huaxmole de espinazo de Tehuacán, las enchiladas placeras y los tacos de Sóricua de Michoacán, el Cabrito al pastor de Monterrey, el pollo Tocatlán y las tortitas de camarón en adobo con nopalitos de Tlaxcala, el potzolli guerrerense, el huachinango a la veracruzana, la barbacoa de borrego hidalguense y el menudo tapatío, entre otros. 

La plática sobre el menudo o pancita se prolongó demasiado, porque nos metió a recordar las maneras como las tripas o panza se cocinan en distintos países. Hablé de los callos a la madrileña que me encantan, el mondongo con vegetales que conocí en Masaya, Nicaragua y un mondongo muy especial con achiote que se come en la península de Yucatán. Finalmente, Nadine trajo a la charla un platillo normando denominado Tripes à la mode de Caen, que es en esencia un guiso a base de estómago de vaca y pies deshuesados, con algunas hortalizas y el toque mágico del licor regional por excelencia denominado Calvados. Los normandos, agregó Nadine, son tan celosos con su platillo que cuentan con una cofradía denominada La Tripière d’Or, dedicada a proteger la receta y promover su degustación. 

Esta inclinación de los franceses por la denominación de origen de todo cuanto producen, que se ha extendido en todo Occidente, me causó mucha gracia y no pude más que sonreír. Pensé para mis adentros que nuestro popular Mole de Panza poblano bien merecía una estandarización y registro de la receta y la formación de su propia “Hermandad”, a la que podrían afiliarse desde los propietarios de fondas y restaurantes populares, amas de casa y cocineros, en fin, hasta todos aquellos hombres y mujeres que curan su “cruda” o resaca con este vigoroso platillo.

Pues fue así como pasé la après-midi con esta singular y docta “guía de turismo”, hasta que fue la hora de regresar a Barcelonnette para encontrarme con madame H* mi anfitriona en sus oficinas del Musée de la Vallée de l’Ubaye. Llegando a la puerta del museo Nadine se despidió y me recordó de nuestro paseo del día siguiente, a lo que asentí con gran gusto. 

La visita de otras salas del museo con su directora y caminata en Barcelonnette

La charla con la directora del museo fue cálida, aunque breve, le agradecí sus atenciones, la gran oportunidad de tener como compañía a Nadine y nos centramos en comentar las nuevas publicaciones del museo. También le di mis impresiones sobre las salas que había visitado por la mañana y el impacto que me dejó conocer la historia de los antiguos pobladores del Ubaye. Seguimos conversando mientras madame H* me llevaba a otra de las salas del museo que quería mostrarme personalmente. Era un salón que mostraba los souvenirs que obsequiaron al museo las familias de barcelonitas que vivieron en México, y destacaba por su gran colorido. Estaban allí distintos utensilios de barro, vasijas, ollas, jarras de todos tamaños y decoraciones; también máscaras de madera, calabazas laqueadas, cuadros ornamentales, árboles de la vida, recipientes zoomorfos… y hasta una enorme calavera michoacana, de las llamadas “Catrinas”, completamente ataviada.

Era sin duda una exposición de la artesanía mexicana muy representativa de algunas regiones de nuestro país y de la que madame H* y el museo se sentían muy orgullosos, a tal grado que dicha colección de objetos mereció una hermosa y lujosa publicación titulada 1000 petits chefs-d’oeuvre du Mexique.

Terminando nuestro recorrido regresamos a la dirección del museo donde me despedí de madame H*, quien besándome en las mejillas me recordó, con cierto aire de misterio, que mañana me esperaba con Nadine una buena sorpresa. Me retiré con la sonrisa en la boca y el ánimo por los cielos. Decidí entonces pasear un rato por la ciudad, conocer sus calles y saborear también sus aires nocturnos.

Salí del Musée de la Vallée al final de la tarde con el gusto que me dejó la reunión con su dierctora, madame H*; no lo dije anteriormente, pero recordamos las ocasiones que ha visitado Puebla y los nexos que la vinculan con los académicos que estudian el tema de los Barcelonnetes en la Universidad. Al dejar el edificio me dirigí hacia el poniente para tomar la Av. Manuel, la principal de Barcelonnette, guiado por la torre de su iglesia que destaca en el perfil de la ciudad. Me agradaba mucho volver a ver sus antiguas casas de dos y tres plantas, algunas todavía coronadas por los tejados tradicionales de dos alas que le dan al poblado alpino un tinte pintoresco.

Pasé por la Plaza “Valle de Bravo”, donde se localiza el Ayuntamiento de la ciudad y seguí mi caminata por la Av. de los Tres hermanos Arnaud, que trasmite mucha frescura y alegría con los jardines de sus residencias y le da un flanco moderno a Barcelonnette. Regresé por la rue du Bosquet hasta la Plaza Aimé Gassier y tomé la Av. Porfirio Díaz donde comienzan las “villas mexicanas” de los valéians hasta llegar nuevamente al museo. Fue un breve paseo en solitario, reflexivo, inolvidable.

Me fui de inmediato a dormir, cansado por todo un día de intensa actividad. Entré a la habitación que me habían acondicionada como “chambre d’hôtel”, me despojé de todo mi ropaje, extendí el sofá que me servía de cama y no supe de mí hasta las 6h00 de la mañana siguiente. Al despertar puse de inmediato la cafetera para disfrutar del aroma de un café de Coatepec, que aprecié como un increíble detalle de hospitalidad hacia un mexicano. Mientras se hacía el café me lavé rápidamente la cara y otras partes del cuerpo sin necesidad de ducharme. Me interesaba explorar nuevamente, antes de la apertura del museo, algunas otras salas curiosas que no había visitado y que evocan las experiencias del gran viajero y explorador Émile Chabrand (1843-1893), un personaje cuya biografía, interesante y misteriosa, ha sido investigada por Hélène Homps.

La sala dedicada a Chabrand, incluye una diversidad de objetos traídos por él de sus viajes alrededor del mundo, del lejano Oriente y de las Américas, incluyendo por supuesto Le Mexique donde vivió alrededor de dieciocho años, tomando residencia en la ciudad de Cuernavaca y participando como empresario de la primera generacion de barcelonitas. El museo cuenta también con una colección de aves disecadas, que Chabrad compró a un pariente político, el abad Caire, con la que se ha querido resaltar sus inclinación naturalista.

Continué mi personalísima visita al museo con una exquisita tasa de café en la mano,  cuando comenzaban a iluminarse mejor las salas de exposiciones. Esto me permitió apreciar mejor la colección de cuadros de artistas del Valle del Ubaye que engalanaban el lugar. En esa ocasión estaba montada una exposición denominada Jean Caire et Marie Tonoir. Une communauté de vie et de painture que ofrecía algunas pinturas verdaderamente notables. 

Un día de sorpresas, candoroso y memorable

Regresé a mi chambre con intención de servirme una segunda taza de café, pero pensé que debía acompañarla con algún pan y darme mi p’tit déjeuner, así es que salí a la boulangerie situada cerca de la Plaza Manuel, a poca distancia del museo, y compre un pan con queso gratinado y un chocolatín. Al ver la barra de pastelillos y los canastos de baguetas y panes salados, recordé a una panadera francesa de apellido Bourcier que había llegado a Puebla a mediados del siglo XIX y abrió una boulangerie como ésta en la céntrica calle de Mercaderes. Pues bien, me insatalé en una banca del jardín del museo a desayunar y esperar la llegada de Nadine, lo más importante del día. Ansiaba que me desvelara la sorpresa que tanto me habían anunciado.

Nadine se presentó cerca de las once de la mañana, un poco agitada, con las mejillas sonrosadas y disculpándose por el retraso, explicando que debió ir al mercado para comprar lo necesario para cocinar por la tarde una cena “franco-mexicana” y que me invitaba a hacerlo juntos. Serían sólo seis comensales, madame H*, su esposo y una de sus hijas, el director de la editorial Sabença de la Valéia y nosotros dos. Sorprendido acepte el reto, pensé que nada habría tan significativo como cocinar con Nadine para sellar así unas jornadas barcelonitas tan intensas. Lo siguiente fue interrogarla sobre el menú que tenía en mente y los ingredientes necesarios, pero ese asunto estaba al parecer bien resuelto y lo dejamos para más tarde. “Ahora lo importante es salir a carretera –dijo apresurándome– tomaremos la ruta hacia un lugar especial, en la profundidad de las montañas, que estoy segura que te resultará impactante”. El día se comenzó a subir de tono, con actividades que apuntaban a ser muy placenteras. 

Así es que subimos nevamente al Citröen aunque le pedí que me permitiera manejarlo, a lo cual asintió, recomendándome una velocidad moderada. Seguimos el camino hacia la montaña, pasando nuevamente por su pueblo Faucon-de-Barcelonnette y después por Jausiers, donde le pedí a Nadine que nos desviáramos un poco para apreciar mejor esa construcción que me resultaba tan curiosa y un tanto anacrónica, el Château des Magnans. Nadine me ilustró de inmediato sobre éste monumento histórico, cuya edificación tardó diez años(1903-1913) y se inspiró en el castillo Neuschwastein de Louis II de Baviera. Perteneció al comerciante valéian Louis Fortoul quien hizo su fortuna con las Fábricas de Francia en Guadalajara, México. Este castillo –agregó mi bella guía– es considerado como una de las “villas mexicanas” de la región y hoy opera como una residencia turística cuyos atractivos, además de la ubicación y el estilo arquitectónico, es una piscina panorámica y un solarium. 

Seguimos nuestro camino montañés hacia Les Gleizolles, tomando de allí la desviación que va hacia Sain-Paul-sur-Ubaye que ya habíamos conocido el día anterior. Detuve el carro y un poco sonriente, pero inquieto, le pregunté a Nadine que a dónde nos dirigíamos. Volteó a verme un tanto sorprendida y me dio unas palmaditas en la espalda. Tranquilízate Ricardo, me dijo con su voz grave, vamos directos a un maravilloso lugar dentro de la montaña en el que las mujeres se convierten en lobas. 

¡Jajajaja! Soltamos juntos una sonora carcajada. 

Ya estamos cerca, dijo Nadine, para calmar mis inquietudes. Déjame tomar el volante. Arrancó nuevamente el Citröen y continuamos la marcha por un camino de curvas más cerradas y peligrosas. No obstante, al ir serpenteando por las laderas se dejaba ver un paisaje verde bellísimo, con las cumbres de las montañas blancas y muchas zonas de bosque todavía salpicadas de nieve. Son vistas inigualables que nunca pueden borrarse de la memoria.

Repentinamente llegamos a una parte muy estrecha del camino; pero el embelezo en que me encontraba, mirando en cada curva del camino las faldas de los cerros, la profundidad de las hondanadas y planicies lejanas que se perdían en el horizonte, no me permitió atender el momento en que al pasar una curva Nadine entró en un tunel sobre la montaña. Me sorprendió sobremanera el hecho de pasar a una oscuridad repentina que sólo se atenuaba con los faros del automóvil; entonces me pregunté cuántas sorpresas más tendría Nadine para este viajero, pero más tardé en preguntármelo que en encontrarme, al salir del tunel, sobre un insólito puente de piedra, que unía por la mitad dos escarpadas laderas de montaña. 

Le llaman el Pont du Château, sin saber a ciencia cierta a qué debía ese nombre o a qué castillo hacía referencia. Bajamos del auto y pude ver que su construcción debió tener al menos dos siglos, y seguramente se trataba en sus orígenes de un puente peatonal, si acaso con capacidad para el paso de bestias y carretas de los montañeses. Pero la verdad, más que las referencias históricas de este puente increíble, lo que quería en este momento era abandonarme al disfrute del lugar, de la inmensidad de la campiña, del silencio de montaña, de los bellos y ligeros recodos del Ubaye en su primer trayecto de vida, y en medio de todo este paraíso la presencia alegre de Nadine dándole a nuestra promenade un toque sublime.

Seguramente el puente había sufrido distintas restauraciones y recibía un mantenimiento cuidadoso, pues se había preservado seguro incluso para el paso de vehículos pequeños, como era el caso de nuestra voiture. Retomamos nuestro viaje y a lo lejos pude apreciar una casa en las faldas de la montaña a la que conducía el camino. Es el lugar al que te hemos invitado –soltó mi guía favorita–, madame H* reservó para nosotros dos lugares para el almuerzo y estamos a muy buen tiempo.

El lugar era también excepcional, una fonda de montaña muy bien montada, que contaba además con una terraza convertida en un inmejorable mirador. Pero lo que destacó Nadine del lugar es que el cocinero, amigo suyo, se había ganado un buen prestigio en toda la región. Hasta este lugar llegaban numerosos viajeros y paseantes, sobre todo motociclistas, en sus correrías por las montañas tanto del lado francés como italiano. Hervé, el propietario, nos sirvió de inmediato vino de la casa, tenía abiertas unas botellas de Saint-Péray, una pequeña sub región de Côtes du Rhône cerca de Valence. Nos ofreció una terrina de conejo en una cama de lechuga y endivias, confit de canard y el plato de quesos. Enteramente satisfactorio para superar tantas emociones. 

La conversación con Nadine nos llevó hacia Puebla, quería saber de nuestra vida y costumbres, de los lugares emblemáticos de un pais que en otros tiempos fue meta de viajeros de esa región del Ubaye; en fin, le dije todo cuanto pude en una charla que nos llevó al menos dos horas y media y que concluímos en la terraza, tomando café con una tarta de arándanos. Fue en ese momento cuando Nadine me confesó que tenía interés en viajar a México, que esperaba concluir su stage en el museo para visitar nuestro país y encontrarse con algunos parientes suyos, descendientes de aquellos personajes Caire y Signoret que abandonaron el Valle del Ubaye en la segunda mitad del siglo XIX para buscar un mejor futuro. 

Dejamos la conversación y nos despedimos de Hervé, le agradecimos sus atenciones y exquisito almuerzo y volvimos a Barcelonnette para preparar la cena franco-mexicana con la que terminaría esta aventura bajoalpina.

Preparando una inolvidable cena de despedida en la casa de Nadine

Subimos al automóvil para emprender el regreso a Barcelonnette. Nadine se hizo presurosa del volante y bajamos de aquella montaña límpida a buena velocidad para estar lo más pronto posible en la ciudad. Le pedí que me dejara en el Museo y regresara por mí después de comprar pan, cerveza, vinos y ciertos ingredientes que faltaban para la cena, algunos de los cuales tenían que ver con mis platillos mexicanos. En particular eran imprescindibles unos aguacates, aunque no fuesen de Michoacán, sino importados de Kenya y Tanzania. Nadine los había reservado con un expendedor de frutas y verduras y también me compraría frijoles griegos en una épicerie del mercado. 

La cena sería en su casa de Faucon, a sólo diez minutos de Barcelonnette. Me alegraba ver nuevamente la Tour de l’Horloge, emblema del pueblo, y conocer al fin la casa de mi compañera de andanzas, quien me parecía cada vez más atractiva por su carácter complaciente y hospitalario que hizo sentirme mucho más que un simple visitante. Había en el trato de Nadine, a sólo dos días de intensas promenades, un singular afecto por nuestro encuentro que siempre recordaré.

Mientras reposaba un poco de nuestro paseo matutino y pensaba en los platillos mexicanos con los que pretendía agasajar a “mis” anfitriones, lamentaba también lo breve que había sido esta visita al Valle del Ubaye y lo mucho que me gustaría seguir cultivando la amistad de esa sorprendente mujer, cuyas cualidades habían atrapado mi atención y ánimo. No era para menos, los empeños de Nadine para complacerme, su desinteresada dedicación, parecían una invitación a que prolongara mi estancia en el lugar.

Nadine era ante todo una mujer fuerte, de al menos un metro setenta de estatura y de una vitalidad impresionante. Siempre pensé que su físico y espíritu enérgico se correspondía con los retos de la vida en la montaña, con los imperativos de un contexto geográfico difícil y exigente. Un entorno que, por lo demás, con todo y su belleza natural y el actual aprovechamiento turístico, siempre dió pocas oportunidades laborales a sus habitantes, particularmente a los jóvenes, ya se tratara de aquellos que migraron en el siglo XIX a las Américas sin más capital que sus fortalezas anímicas, o bien a las nuevas generaciones, de mayor calificación laboral y académica, que tendrían que labrar su futuro en otros lugares del mundo globalizado, lejos del Ubaye.

Ahora esta mujer “ubayene” –que también contaba con un extraordinario buen humor y optimismo–, tenía en mente partir al “Nuevo Mundo”, seguramente con diploma en mano, para intentar su propia aventura, es decir, recorrer en las actuales condiciones históricas el mismo trayecto que otrora siguieron las migraciones de barcelonitas a México. ¡Bonne chance Nadine!

Cuando Nadine pasó por mí al Museo, alrededor de las cinco treinta de la tarde, ya tenía listos para llevar unos regalitos que daría a madame H* y a Nadine; eran una pintura indígena otomí de Pahuatlán, Pue., hecha en papel amate de origen prehispánico, una cajita de Olinalá, Gro., elaborada con madera aromática de lináloe, y para el museo llevé unos tendederos de papel de china picado, también de Puebla, que podían servir para resaltar las exposiciones sobre arte mexicano. También le obsequiaría a Pauline, la hija de Madame H*, una pulserita de chaquira. Además llevaba una latita de chiles chipotles que utilizaría en un platillo y una botella de mezcal para el aperitivo.

Pusimos nuevamente la Citröen en marcha y salimos de Barcelonnete rumbo a la casa de Nadine. En el trayecto pasamos frente a la Gite Auberge L’Éterlú en la que me hospedé en otra ocasión y a la que se accede por un pequeño camino que sube a la colina. Un poco más adelante tomamos hacia la izquierda una pequeña carretera para entrar a Faucon y pasar por la antigua Tour de l’Horloge, de la que ya les he hablado, hasta llegar a la Iglesia de Saint-Étienne. Seguimos por la calle Le Village hacia la parte norte del pueblo y arribamos finalmente a una casa de buen tamaño y tinte campirano que estaba entre el Convento Saint-Jean de Matha y el cementerio.

La casa familiar de Nadine

La casa de Nadine estaba hecha en piedra y con techos de dos aguas con tejas planas, construida en un terreno de unos dos mil metros cuadrados bordeado de árboles. La mansión se ubicaba cerca de la calle, en la entrada al predio, lo cuan dejaba un gran jardín en la parte trasera donde me sorprendió la existencia de una piscina al aire libre.

Al interior de la casa había una recepción pequeña, acogedora y una gran “salle à manger” con una imponente chimenea y una mesa de caoba con sillerío para doce personas. Rodeaban la mesa un armarios y dos buffetes para cristalería, vajillas, cubiertos y mantelería. También se encontraban apiladas en una esquina varias mesitas de servicio. Todos los muros del comedor lucían un color mostaza claro que se iluminaban con un ventanal panorámico con vista hacia la arboleda lateral de la casa. 

Al lado del comedor se ubicaba la cocina dividida en dos partes mediante un arco central, en un lado había un horno de ladrillo para pan, 4 viejos fogones y una envidiable estufa de hierro que funcionaba con leña. En la otra parte de la cocina, se habían colocado una estufa y un frigorífico horizontal, ambos de color blanco, que contrastaban con la antigüedad de la pieza. Contaba además con mesa de trabajo larga de grandes dimensiones, dos armarios altos que servían de alacenas y anaqueles para ollas, cocottes, terrinas, platones y otros utensilios de cocina. Finalmente al fondo se encontraba un cuarto que hacía las veces de bodega y cava. 

La construcción de esta residencia, típica de la región alpina, databa según Nadine del último tercio del siglo XVIII, si bien siendo reconstruida en varias ocasiones, y fue habitada por sus ancestros hasta los abuelos paternos; los herederos, su padre y hermanos dejaron la casa desde los años sesenta del siglo pasado y migraron a otras ciudades francesas e italianas, por lo que la mansión quedó para usos de veraneo y estancias ocasionales de los miembros de la familia. Los padres de Nadine vivían en Grenoble y ella se había responsabilizado ahora del cuidado de la casa de Faucon dado que la ocupaba temporalmente mientras trabajaba en el Museo del Valle.

Pues bien, sacamos lo que traíamos del carro y nos instalamos en la cocina para iniciar nuestras labores. Para esta ocasión especial y siguiendo el buen humor de la anfitriona, decidimos ponernos muy propios y usar dos delantales blancos que Nadine sacó de una gaveta, y también un pequeño gorro de chef que le ayudé a colocarse para retener su cabellera, lo que le dio un atractivo aire campignard. La miré con atención de pies a cabeza, con un asombro que me salía por los ojos, y dije para mis adentros que mujeres así sólo debieron verse en cocinas como la de Marie-Antoine Carême o, para no ir tan lejos, en una de esas cocinas tradicionales llamadas “mère” que la genial Eugénie Brazier abrió en Lyon y en los Alpes en los años veinte del siglo pasado. Pero no, el destino de Nadine no estaría en las cocinas, al menos no como profesión, sino en la museografía.

Teníamos dos horas para preparar nuestro menú, pues los invitados llegarían alrededor de las ocho y media de la noche. Como utilizamos el Citröen de madame H*, ella y su familia vendrían a Faucon en el carro del director de la editorial Sabença de la Valéia. Por tanto, había que poner manos a la obra.

Nadine metió las botellas de vino blanco y las cervezas en la hielera y se puso a colocar la cristalería y los cubiertos de acuerdo con los lugares previstos. Luego pasó a preparar un conejo al vino blanco con champiñones, al estilo gibier o de “caza”, mientra me contaba con mucho entusiasmo algunas anécdotas de miembros de su familia avecindados en México.  Al terminar de meter al horno su estofado de lapin Nadine se dispuso a cortar las baguetas, y las colocó en canastitos con rebanadas de pan de centeno y algunas tostaditas de maíz que en México se conocen como “nachos”, luego rebanó con delicadeza unos quesos, los distribuyó en dos platones y llevó todo a la mesa.

Por mi parte me di a la tarea de hacer dos platillos que recordaran no sólo a México sino a Michoacán, la tierra de mis ancestros. Así es que me puse a sacar la pulpa de diez aguacates para mezclarla con jitomate, cebolla y cilantro fresco picados, un poco de jugo de limón verde, agrio, y pedacitos de queso seco, tal vez parmesano a falta de Cotija. Repartí el Guacamole (ahuacamolli), en dos cuencos y puse un par de huesos de ahuacate en cada uno. Mientras tanto había puesto en una olla express que me facilitó la anfitriona los frijoles rojos. Ya cocidos los molí con jitomate, cebolla y ajo hasta darles una textura cremosa y preparar la sopa Tarasca, al estilo de las tariácuris que pueblan la zona lacustre de Pátzcuaro. Este platillo de origen purépecha, pensé, en el contexto alpino en que me encontraba podría llevar como aderezo, además de la crème, una cucharada de queso suave de cabra tipo Saint-Maur y trocitos de chile chipotle bien escurrido. También podíase acompañar con los “nachos” que se habían colocado en la mesa.

Dejando en la estufa “à feu doux” el puré de frijol me fui a colocar en la mesa cuidadosamente los aderezos para la sopa. Al hacerlo con mucha elegancia y ver la mirada sonriente y burlona de Nadine no pude aguantarme las ganas de tomar un poco de crema y pintarle las narices, hecho que la descolocó totalmente. Sorprendida por el hecho de que no paraba de reirme de su aspecto, en un movimiento rápido metió sus dedos en el guacamole y me los plantó en la cara, soltando también una larga carcajada que llegó hasta las lágrimas.

Pudimos haber seguido con nuestras bromas, escalando una vorágine de juguetonas “agresiones” y dejando que una cosa llevara a la otra –como dicen los gringos–, si Nadine no se hubiera percatado de que en cualquier momento llegarían “nuestros” invitados y que corríamos el riesgo de que nos encontraran enfrascados en una absurda e infantil “guerra de aderezos” y con caras de payasos. Fuimos pues cobrando la compostura y pactando un armisticio dándonos un abrazo y besos en las mejillas. Limpiamos mutuamente nuestras caras con los lienzos de los delantales y nos sentamos en la recepción a esperar a los comensales, degustando un Génépi fresco que Nadine vació en dos vasitos. 

La directora del Museo, Madame H* y su comitiva llegaron puntualmente, portaban algunas botellas de vino y un Tiramisú para el postre. Su llegada animó todavía más la noche y les pedí que aceptaran abrir el paladar brindando con el mezcal que había traído, a lo cual todos, salvo la pequeña Pauline, accedieron gustosos. Así transcurrió una agradable velada, donde se produjo una singular “mélange” culinaria franco-purépecha, amenizada con canciones francesas de los sesenta y setentas que nos eran casi contemporáneas. La fiesta se prolongó hasta cerca de las tres de la mañana y todos quedamos más que satisfechos gastonómica y afectivamente. Al terminar les agradecí muchísimo las atenciones que había recibido en este viaje, la invitación de Madame H*, la hospitalidad barcelonita, el inesperado y confortable hospedaje en el Museo, los hermosos paseos por aquellos rincones insospechados de las montañas, el hermoso libro de la exposición de arte mexicano que me obsequiaron, e hice especial mención de la increíble compañía de Nadine, a quien le prometí atenderla, si fuese necesario, cuando estuviese en México. Mi propuesta la respondió con un simpático guiño. 

Todos nos dispusimos a regresar a Barcelonnette y Madame H* encabezó la salida, pero Nadine, cansada por tanto ajetreo y seguramente viendo el trabajo de limpieza que le esperaba al día siguiente, me detuvo un momento y ya solos me pidió la dispensara de regresarme al Museo y me ofreció su casa para pasar en Faucon lo que restaba de la noche. A fin de cuentas merecíamos un buen descanso, y el día siguiente sería otro día.

Acepté complacido.

FIN


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