Enanos

I

Edgardo salió un viernes de la escuela de Economía alrededor de las 7:30 de la tarde. Se despidió de sus compañeros de clase y fue directo a los Billares Reforma para verse con sus amigos de la colonia La Paz. Se habían citado allí para ir al cine, pues se estrenaba la película Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer, protagonizada por Charlton Heston. La función se convirtió en un acontecimiento interesante, porque además del filme, que les habían recomendado mucho por su ficción futurista, se habían sumado a la banda de amigos dos bellas chicas: Rosy Milán y Lola Herreros, hermanas de El Gomas y de Fausto respectivamente. Rosy era una chica delgada, bonita y animosa que alegraba el ambiente en donde estuviera. Trabajaba en un banco de capital nacional; Lola era una mujer morena, muy guapa y tranquila, que a Edgardo le atraía además por el tono grave de su voz. Lola estudiaba en un colegio particular la preparatoria. 

Lola era siempre foco de atención de Edgardo, le encantaba estar con ella cuando se reunían todos los amigos y amigas en las tardes sabatinas, afuera de la casa de Fausto o de la familia Milán, donde Edgardo pernoctaba. Solían cantar las rolas de moda, particularmente de los Beatles, pues algunos chicos del barrio tocaban la guitarra. También entonaban boleros cuando se incorporaba Raúl, el
hermano de El Gomas, que se sabía todo el repertorio de El Pirulí, de José José, de José Feliciano y de otros connotados artistas. Los ambientes bohemios acentuaban los ánimos románticos de Edgardo y su creciente apego por Lola, pero siempre se atravesaba el celoso del hermano para poner freno a las inquietudes del amigo. Fausto desvanecía con burlas e improperios la agradable atmósfera musical. 

—No va a ser para ti, pinche “Infausto” –le reclamaba Edgardo–, ¡déjala ser!

—Ni madres –contestaba Fausto con una sonrisa fingida y le ordenaba a Lola – ¡Tú, ya métete a la casa!

—¡Ja, ja, ja, machín celoso! ¡Qué ojete eres! –le reviraba Edgardo.

Así terminaban las agradables noches en La Paz, con el berrinche de Fausto, cuidando la pureza de su hermanita, y con la frustración de Edgardo. 

En aquella ocasión, después del cine, decidieron quedarse en el centro para tomar unas cervezas en los portales. Se metieron al bar del restaurante El Vasco, de lado poniente de la plaza de armas, y se la pasaron comentando la película. Lola ponía el acento en el carácter premonitorio del filme; pensaba que así acabaría el género humano, buscando en los basureros de los restaurantes y comiéndose lo que encontrara, o bien tragándose las proteínas que les ofrecía el régimen en forma de croquetas en forma de caritas sonrientes y muslitos de pollo. Entre esas galletas destinadas a paliar el hambre de la gente pobre, destacaban las misteriosas galletas denominadas Soylent Green, de las que trata el filme. Edgardo oía con interés las opiniones atinadas de Lola, aunque no dejó de precisarle –usando sus conocimientos de Economía– que en el futuro la sociedad lograría los avances tecnológicos necesarios para sacar agua de las piedras y darle de comer al hambriento, como mandaba el Evangelio.

—Dudo que haya comida para todos –dijo Rosy, pontificando el desastre–, mientras la mayoría no tenga otra diversión que seguir reproduciéndose como conejos y cucarachas, y los ricos continúen apropiándose de los bienes y la buena educación.

—Sabias opiniones, chicas –dijo Edgardo, y preguntó: ¿Ustedes, amigos, no tienen algún comentario para nuestras inteligentes invitadas? Qué entendieron de la película, ¡joder retazo de inútiles! Por eso nos insulta Paquita la del Barrio, ja, ja, ja.

 —Exageran Lola y Rosi –dijo El Gomas, mientras sacaba un sobrecito de su cartera que mostró a la concurrencia–, para eso pusieron estos latex en el mercado. Hay hasta de sabores, je, je. Y para la raza, los dan gratuitamente en Salubridad. Con esta tecnología, Rosi, –dijo sonriendo a la hermana– se acabará “conejolandia”.

—Lo dudo –refutó Lola–, no veo a los guapotes de Uganda o de Somalia, ni a los seguidores del Profeta Alí, poniéndose gabardinas en el fusil, ni las conocen. Menos a los machos de por acá, mi linda tierra, que sí los conocen, pero los rechazan, je, je. Los acaban inflando como globos en las fiestas.

—Bueno, ya mejor vámonos –sugirió Fausto, a quien comenzó a incomodarle la conversación. Lola, tu ya cálmate, ¿no?

—Ja, ja, ja, –rompió en carcajada Edgardo al escuchar a Fausto y sus reclamos.

Lo cierto es que las “ricas galletas” de la película les habían abierto el apetito, por lo que la banda de amigos se fue a cenar a la taquería La Michoacana de la avenida Reforma, que tenía una fama muy bien ganada. Quizá lo que destacaba de estos sabrosos taquitos de maciza, cueritos y cachete de cerdo, era la salsa roja, muy picosa, con la que se acompañaban. No tenía rival. Los tacos eran pequeños, envueltos en doble tortilla y se comían prácticamente en dos bocados. Los jóvenes podían llegar a consumir, como en el caso de Edgardo y El Gomas, hasta 10 taquitos cada quien, sin problema. Nada que un buen eructo cervecero no sanara. 

—Al menos estos taquitos son de marranito y no de huesos y cadáveres humanos como las Soylent Green –bromeó Rosy.

—¡Guácala! –gritó Fausto, que intentaba morderle a un taco de cachete–. No me chingues Rosy, me echas a perder la cena.

El grupo de amigos se entretuvo todo lo que quiso en la charla, disfrutando la compañía de chicas tan divertidas, que no hubo oportunidad de que regresaran en el Central-San Matías a su colonia, pues terminaba su servicio a las 11 de la noche. Tuvieron que caminar con la panza llena y el alma alegre. Al salir de la taquerías caminaron por la avenida Reforma hacia el poniente, cruzaron la esquina de El Gallito y atravesaron el Paseo Bravo. Se siguieron a todo lo largo de la hermosa avenida Juárez, hasta la calle Chietla donde vivían. Edgardo aprovechó para caminar al lado de Lola durante todo el trayecto. Platicaban sobre esto y aquello; bromeaban sobre la cantidad de leyendas que se habían construido sobre los habitantes de una lujosa casa porfiriana que estaba justo en la esquina de la avenida Juárez y la 17 Sur: la “Casa de los Enanos”, le llamaban. Era una hermosa mansión decimonónica, construida a la manera de un chalet francés provinciano, de dos plantas y rodeada de jardines. Entonces Lola recordó que Edgar se sabía una historia del lugar, de sus curiosos inquilinos, y le pidió que se la contara de cabo a rabo. 

—¡No, Lolita, está muy fuerte! Aún no tienes 18 años –dijo Edgar, carcajeándose.

—No seas pesado, Edgar. ¡Anda, cuéntamela! –­insistió Lola.

Quanti anni hai? –la cuestionó Edgar sobre su edad.

—No seas ñoño, chico, suelta ya el cuento por favor.

—Sí, Edgardo cuéntaselo enterito, –dijo Canty, quien siempre aparecía en el momento, opinando muy divertido, sin ton ni son– pa’que se eduque la niña, ji, ji.


II

—Está bien, querida Lola, tú lo quisiste. Cuida a tu hermano, que no se acerque ­­–dijo Edgar­–, no me vaya a acusar de estar pervirtiendo a su hermanita.  

In illo tempore, dice la leyenda, había una mujer llamada Xochitl López Tepale, originaria de San Pablo del Monte, allá por los rumbos de Tlaxcala. Era muy guapa, en ella se expresaba la belleza mestiza de las mujeres del altiplano mexicano. Cara redonda con ojos negros sutilmente rasgados, piel morena y una cabellera larga y lacia, con la que tejía dos trenzas fuertes que enrollaba sobre su cabeza. Tenía, además, un cuerpo muy bien formado; era joven, fuerte y sana; también era muy trabajadora y estaba acostumbrada a cualquier tipo de tareas, pues no le temía al cansancio, a nada. Xóchitl casi rebasaba los treinta años de edad y no era insensible al coqueteo de los varones que la admiraban, o de los que tenían la suerte de verla caminar por la calle, de solazarse con el meneo sensual que acostumbraba. Xóchitl se sabía, pues, atractiva y deseada.

La señorita López Tápale aprendió desde jovencita las artes de la sanación y la hechicería con su abuela, una indígena muy respetada en los pueblos que rodean a La Malinche. Curaba a sus habitantes de todos los males, físicos y espirituales.

—Fíjate bien en estas ramas, Xóchitl –le decía la abuela, mostrándole el arbusto que las producía–, procura siempre llevar una contigo bajo las enaguas. Te servirán para defenderte de los hombres. Sólo debes “encenderla” con un sencillo ritual que te enseñaré. Al macho, por ejemplo, los podrás paralizar de muchas formas cuando quieran portarse mal, si intentan propasarse contigo o se opongan a tus deseos. Los puedes enmudecer, engarrotar, cegar, debilitar y muchas cosas más dependiendo del encantamiento que pronuncies.

—Yo necesito una varita de esas –interrumpió Lola el relato, con entusiasmo–. Para frenar a la perrada, je, je… Perdón, Edgardito, sigue, sigue.

Así, la chica Xóchitl, día con día, fue aprendiendo todos los secretos de la herbolaria y la variedad de hechizos de la abuela. Llegó a conocer la diversidad de plantas y sus nombres en latín y náhuatl, lenguas que llegó a dominar. También sabía de cortezas de árbol, raíces, semillas; hongos buenos y hongos dañinos; flores, polvos y minerales con los cuales hacía variadas combinaciones y pócimas. Aprendió, además, los aspectos doctrinarios de la sanación y la magia, que comprendían creencias religiosas sincréticas y un diversificado menú de rezos, sortilegios, invocaciones, danzas y cánticos. Con este valiosísimo bagaje místico y naturista, la joven era desde los veinte años una apreciada curandera, heredera del conocimiento mágico de los pueblos del volcán. ¡Una mujer poderosa!

—¿Más chida que doña Sabina, la oaxaqueña, no? –preguntó Eduardo Canty, que iba con la oreja parada siguiendo el relato de Edgar.

—Nel, Canty –respondió Edgardo–, María Sabina es chamana mazateca, de otras experiencias sensoriales y místicas. ¡Ya no me interrumpan!

Un buen día, Xóchitl se marchó inopinadamente a la ciudad de Puebla. Allí trabajó durante un buen tiempo en muy diversos lugares: como mesera en cantinas y marisquerías; dependienta en tiendas de abarrotes y cocinera en algunas fondas; fue afanadora de hospital, taxista… En fin, exploró cuanto empleo le garantizara lo básico para vivir y ahorrar un dinerito para poner un puesto de hierbas medicinales en el mercado La Victoria. Por lo demás, Manú siempre guardaba en secreto sus poderes excepcionales de curandera, sólo los usaba para alguna intervención urgente. Después de algún tiempo, cuando tuvo que hacer un balance de lo que había ahorrado para poner su negocio, la joven López Tepale se dio cuenta de que era muy poco capital con el que contaba. No le alcanzaría ni para rentar una pequeña accesoria en el mercado.

—Debió ser menos ambiciosa la Manú –dijo Lola, presumiendo que sabía del tema–, había la opción de otros mercados como el Acocota, el Hidalgo y hasta el Carranza. Yo he acompañado a mi madre al primero y hay varias marchantas de hierbas raras.

—¿Apoco vas al mercado con tu mami, Lola? –cuestionó Edgardo. —Creí que esas actividades no las conocías, je, je.

—¡Claro que sí, chico! En mi casa, como en casi todas las casas de la pipopiza, las mujeres tenemos que aprender economía del hogar. ¡Los “juniors”, los fodongos, son los hombrecitos!

Bueno –siguió Edgardo–, Xóchitl decepcionada pensó en otras actividades que fueran más lucrativas. Fue así como llegó a la mansión de la avenida Juárez, recomendada por una dama importante a la que había sanado de un mal vergonzoso que no puedo nombrar ahora. Allí la contrataron con una buena remuneración para servir como ama de llaves, encargada de todo el funcionamiento de la casa y del poco personal de servicio: un chofer, una cocinera y dos jovencitas que se encargaban del aseo en general.


III

La mansión no era una casa cualquiera, la habitaba una curiosa familia ‘compuesta’, muy liberal, formada por una chica de no más de 17 años de edad, llamada Bianka Elmersson y siete varones. La jovencita jugaba aquí un rol complejo en la relación: era a la vez esposa, hermana y madre de los varones. Esta forma singular de convivencia familiar no era conocida por el vecindario, aún así había sospechas, mucha expectación y todo tipo de rumores sobre lo que ocurría tras esos muros, habida cuenta del conservadurismo que privaba en la Angelópolis.

—¡Ja, ja, ja! Ya me imagino el chismerío de los alrededores –comentó Canty, soltando fuertes carcajadas.– De seguro en las calles aledañas hasta se alquilaban cuartos con telescopio para fisgonear dentro de la casa.

—Ya Canty –lo calló Edgardo–, deja de exhibirte frente a Lolita. ¡Eres un voyeurista incorregible, ja, ja, ja!

De pronto, Lola detuvo la marcha del grupo. No se aguantó las ganas de asomarse al interior de la mansión. Tal vez pensó que lograría ver algo interesante.

—¿Lola, qué haces? –la reconvino su hermano Fausto, siempre refunfuñando de cualquier cosa que hiciera su hermana. —Deja de curiosear, te pueden picar un ojo.

—Ja, ja, ja. –estallaron en risas todos los chicos.

—Allí te pican otra cosa –dijo El Gomas, mostrándose como el cretino que era.

—Fausto, tu sigue discutiendo sobre marcas de coches ­–dijo Lola– y deja de molestar.

—No pasa nada Fausto, aquí la vamos cuidando con Canty. En esta casa deben estar todos dormidos, Lola llegará sana y salva a su camita –dijo Edgardo y siguieron su marcha.

La chica de la mansión y su tribu eran de origen europeo –continuó Edgar su relato. —Ella provenía de la región de Escania, –había nacido en Malmö, Suecia–, y era muy hermosa de la cabeza a los pies. Parecía una granjera danesa de las que anuncian el queso azul o la cerveza Carlsberg: alta y güera, con una inmensa cabellera dorada más larga que la de Melissande; de labios sutiles y pechos que ya se dibujaban generosos. Los varones, por su parte, eran como personajes imaginados por Tolkien. Se sabía poco o nada de su origen y de cómo entraron en contacto con Bianka. Hablaban todos, ella incluida, un castellano con rasgos septentrionales. El acento hacía suponer que provenían de alguna zona de los Pirineos. A pesar de su talla reducida, los chicos eran un ejemplo de trabajo: tenían en la colonia un taller de reparación de relojes, joyería, juguetes antiguos, muñecas y aparatos mecánicos y eléctricos pequeños, que gozaba de muy buena reputación y clientela. Pero también ponían mucha atención a las tareas del hogar y al cuidado de la chica. Serían unos hombres perfectos, de no ser porque padecían acondroplasia. Sí, los peques contaban con todas sus funciones en regla, una gran vitalidad y portaba cada uno un paquete de buen tamaño, que envidiarían muchos gimnastas presunciosos del Club Deportivo Alfa. La displasia ósea, ciertamente, los hacía verse como infantes regordetes, pero en realidad eran hombres hechos y derechos, cuyas edades fluctuaban entre los 30 y cuarenta y cinco años, si bien con una estatura minúscula. ¡Enanos, pues!

—¿Enanoooooos? –exclamaron Lola y Canty casi al unísono, con los ojos redondos de asombro.

—Y co-como..? –balbuceó Lola, que repentinamente se imaginó el escenario.

Así es –reiteró Edgar. —Toda la familia, chicos y chica, vivían felices con su modelo de relaciones familiares y maritales. Habían logrado un altísimo nivel de convivencia y un entendimiento muy sofisticado y placentero. Cada muchacho aportaba su genio y pasión a las relaciones con Bianka, lo que le daba un colorido muy diverso a los nexos conyugales. A su vez, Bianka recreaba con cada consorte su vívida imaginación e imprimía al ayuntamiento carnal toda la plasticidad de su hermoso cuerpo, convirtiendo los abrazos eróticos en rítmicas danzas orientales.

—¡Ah raza, tenían un verdadero congal! –dijo Canty.

—No seas grosero Eduardo –reaccionó Lola, divertida–, se deben respetar las nuevas formas de relación familiar, la creatividad humana, y dejar de satanizar el sexo, je, je.

—¡Lola, ya te oí! –gritó Fausto, emputado–, ¡aléjate de ese par de cabrones!

—Les digo que no interrumpan –intervino Edgar, dirigiéndose a Lola y Canty. – Escuchen y callen. Luego discutimos con cuál de los enanos te gustaría pasarla, Canty, ¡ja, ja, ja!

 Las inusitadas relaciones sexuales y juegos eróticos no tenían nada de extraordinario ni exótico para esa comunidad, pues se había entregado durante un tiempo a las enseñanzas del yogui Ganesha Saddhi, alumno del gran Vatsyâyânâ. El famoso yogui llegó a ser el único varón que el octeto dejó entrar en su intimidad. Con él practicaron las maravillosas orientaciones prácticas del Kãmã Sutrã y la ética y hábitos de vida de la filosofía hindú.


IV

—Pues bien –siguió Edgardo su narración–, una hermosa tarde, cuando el sol poniente lanzaba sus últimos rayos sobre el jardín de las delicias, Xóchitl, el ama de llaves tlaxcalteca, tomó una potente pócima y entró en un extraño estado hipnótico. Se imaginaba convertida en Parvati –la diosa de la abundancia, la fertilidad y el amor–, y deseando ser parte del núcleo familiar. Entonces reunió a todos los habitantes de la casa y los embrujó con cánticos y danzas que ejecutaba con alegría y voluptuosidad. Los giros y contorsiones de Xóchitl-Parvati, seguían armoniosamente las notas de su voz y el dulce sonido de su canto a Shiva. Así las cosas, mientras Xóchitl convertida en Parvati hacía girar en el aire su varita, iban cayendo una a una las prendas que la cubrían, hasta quedar completamente desnuda mostrando su envidiable cuerpo, ¡de color azul pastel! Sí, como si hubiese salido de una postal de los Hãre Krisna.

Repentinamente, detuvo su danza y les ordenó a todos que se sentaran en un parterre del jardìn. Tenía algo importante que comunicarles. Xóchitl les hizo un recuento de los años que llevaba sirviéndoles con eficiencia y presteza inobjetables. También de las noches que les había dedicado cuando enfermaban, de las curaciones que les proveyó y de la discreción absoluta con que guardaba sus extrañas e inquietantes y anheladas prácticas conyugales

—Pues ha llegado el momento de que Xóchitl entre en el círculo familiar con todos sus derechos –dijo sin tapujos. De ahora en adelante participaré, con mis propios deseos y caprichos, en relaciones íntimas con todos y cada uno de ustedes. ¡Incluyéndote a ti, preciosa, que también te traigo ganas!

—Ja, ja, ja –interrumpió Lola con una carcajada. —¡No te mides Edgardo!

El joven continuó narrando, a pesar de la mirada inquisitorial de Fausto:

—¡Y para comenzar, familia –gritó jubilosa Xóchitl–, nos encerraremos ahora mismo en un ménage a neuf!, como dicen por allá en las Europas, o para ser más sencillitos: ¡Todos al catre con Xochitl!

La familia nórdico-pirineica se quedó paralizada de asombro por las atrevidas insinuaciones de Xóchitl, pero comenzó a horrorizarse más cuando se dieron cuenta de que sus amenazas iban en serio.

—¡Hostia! ¿Qué pasa, Xóchitl, os desconozco! –la reconvino Bianka, muy propia, como acostumbraba. —Nosotros nunca os hemos faltado al respeto, ¿qué habéis comido? ¿Acaso consumísteis de esos champiñones que florecen en tu pueblo? ¡Mírate cómo os habéis coloreado, Xóchitl: azul, azul. Dipinta di blu. ¡Pareces Pitufina! Algo muy malo os ha ocurrido Xochitl, y antes de que puedas contagiar a esta familia es conveniente que salgas de inmediato de casa o Mandilón –el chiqui encargado de los mandados– llamará a las autoridades sanitarias.

—¡Sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, que se vaya!, –gritaron todos los enanos, uno por uno, comenzando por Nerd el mayor y seguido por Berrinche, Lelo, Wevón, Cobardón, Mocoso y Mensón, todos los hermanitos, como si fuesen votaciones.

—¡Xóchitl, loca, estáis enferma! –despotricó Mensón. —¡Largaos con tus patologías a tu pueblo!

—Ja, ja, ja, pinches acomplejados, egoístas –les espetó la hechicera, mientras volvió a agitar en el aire su vara, dando fuertes resoplidos hacia el grupo. 

—Pues tengan, tengan y tengan…–dijo Xochitl, y comenzó a repartir varazos a todos y cada uno de los enanos.

Ipso facto, los chicos se quedaron engarrotados, con los ojos desorbitados. Se veían los unos a los otros, horrorizados, sin poder decir nada, totalmente mudos. 

—Los maldigo, miserables enanos –gritó la maga tlaxcalteca y les lanzó un sortilegio. Nuncuam iterum femineis blanditiis fruentur; solae manus eorum dulce solacium praebebunt. ¡Los condeno a no salir jamás de esta casa y a no volver a probar mujer alguna! ¿Muy contentos con su Lolita, no? ¡Pervertidos, pedófilos! Pues me llevo a su muñequita sexy, algo me darán por ella.

—¡Y tú Bianka, doña mía –le dijo Xóchitl con amor y odio, o más bien con odio y deseo–, no volverás a disfrutar el erotismo y vivirás sin familia, por tu egoísmo hipócrita!

—Vaya crueldad de la Xóchitl –dijo Lola, reprimiendo todo lo posible una nueva carcajada–, condenó a los chicos al onanismo y se llevó a la flor más bella del ejido.

Dicho lo anterior, Xóchitl hizo entrar a la casa a dos tipejos de baja estatura. Ambos vestían de negro y llevaban cadenas de oro colgadas al cuello, esclavas en las muñecas y lentes oscuros marca Ray Ban. Uno de ellos sonreía cínicamente presumiendo un diente de oro de pésimo gusto. Los sujetos se hicieron de Bianka, la ataron de manos y la metieron a empujones y nalgadas a una Combi con vidrios polarizados que habían aparcado dentro de la mansión.

—¡Los ganones fueron esos tratantes, mi niña! –lamentó Canty. —Te apuesto que “Diente de oro” hizo fiesta en su pueblo.

 La hechicera había previsto que la familia podía negarse a sus deseos y acordó con unos traficantes de la ruta Tlaxcala-Puebla-Nueva York, entregarles a Bianka a cambio de una buena paga. A los enanos los dejó encerrados en la mansión embrujada. Con el coraje, Xóchitl no pensó siquiera en colocarlos en un circo, siendo que se cotizaban muy bien, incluso mejor que los domadores y los payasos. 

A los enanos se les escuchaba ahora, diariamente, berrear desconsolados, pues recordaban sus días de gozo celestial con la bella y despampanante Bianka Elmersson. Pero más les pesaba la condena de tener que satisfacer sus deseos, prestándose las manitas regordetas unos a otros… per secula seculorum. Por eso, al pasar cerca de la mansión, las chicas castas, las doncellas, perciben una extraña fuerza magnética y un gemido suave que las invita a entrar a la mansión a descubrir placeres desconocidos.

—¿No te apetece querida Lola? –dijo Edgardo

—Ja, ja, ja. ¡Cálmate chavo!, quisieras, pero no –respondió.

Con los años –siguió Edgar con su relato–, Bianka pudo rehacer su vida en las lejanas tierras neoyorquinas que, por cierto, comenzaron a llenarse de poblanos. La Elmersson utilizó su belleza y talento sin par, para enamorar al empresario de espectáculos que la había comprado a los tratantes, y juntos fundaron unos estudios de cine para adultos, donde Bianka se convirtió en la gran estrella del cine porno, la más cotizada de la Grand Apple, compitiendo siempre con Linda Lovelace de “Garganta Profunda”. 

—¡Ja, ja, ja!, y les mandaba sus remesas a los enanos ¿no? –dijo Lola muerta de risa.

—¡Puro billete verde, manchado de pecado! –dijo Canty, burlándose, con el tono moralino propio de la pipopiza.   

Así se fueron caminando un buen rato, divertidos, alocados. Lola y Edgardo no paraban de reír, mientras Fausto los miraba con los ojos encendidos, como dragón de barrio chino, pensando que se reían de él.  

En la calle siguiente, Edgar también le platicó a Lola sobre el restaurante Mr. Harris, donde alguna vez trabajó por las noches tocando el piano. Fue una historia curiosa, que sacó a flote algunos aspectos olvidados de su niñez, cuando aprendió con su padre algunos secretos de la música, de la armonía y del piano. Así, paso a pasito se fueron comiendo la noche, tomándose las manos de vez en vez, cuando el hermano se distraía. Por su parte, Rosi caminaba más adelante por la gran acera de la avenida Juárez y entretenía al resto de la banda con sus alegres ocurrencias. Se escuchaba desde lejos el jolgorio de todo el grupo, que disfrutaba la caminata en la única avenida arbolada y fresca, amplia y moderna, de una ciudad carente de áreas verdes. 

Lola no era una mujer a la que le gustara mucho parlotear; sin embargo, no dejaba una conversación cuando el tema lograba interesarla. Sabía opinar con seguridad y debatir de una manera muy agradable. Sus bromas y comentarios, si bien escuetos, siempre eran pertinentes e interesantes. ¡Qué linda chica era Lola! –pensaba Edgar– y siempre tan sexi con sus atrevidas minifaldas londinenses. Por fin llegaron a sus casas, pasando la una de la mañana y se despidieron. A pesar de sus deseos, Edgar no se atrevió a despedirse de Lola con un beso, pues la mirada implacable de su hermano no se apartó de la pareja. A esas alturas de la noche ya no importaba. Lola y Edgar habían acordado discretamente durante el paseo tener una cita para pasar una tarde juntos. Así es que, a pesar de los arrebatos y celos de su hermano, Edgardo y Lola ya habían pensado en ir al cine a ver una película de Bianka Neves. (fin)


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