Nuestra vida en la sierra norte

(Fragmento del libro: “En el principio todo era niebla. Un viaje al Teziutlán de los años sesenta”, en preparación)

El traslado de mi familia a Teziutlán tiene una explicación muy simple: mi padre había conseguido a través del Conservatorio de Las Rosas donde se formó como músico, que el obispo Alfonso María Sánchez Tinoco, también michoacano, lo contratara como maestro de capilla de la catedral de Teziutlán, sede del obispado de Papantla, para hacerse cargo de los servicios musicales de organista, cantor y director del coro de niños Pío XII. Su llegada cubriría las labores que dejaba vacantes el maestro Amador Cortés Medina, un tenor que partió a Roma a perfeccionar su formación vocal y musical. Con esos empleos y dos más –pianista del jardín de niños Inés Cantú y director del orfeón infantil del Centro Escolar Presidente Manuel Ávila Camacho–, mi padre recuperó su profesión como músico y un mejor soporte económico para la familia. Este hecho nos dio un buen respiro y a mi madre la tranquilidad que había perdido en Morelia.

No obstante, esta mejora en los ingresos familiares terminaría por diluirse con la llegada de otras tres nenitas a la familia –María, Bety y Luisa–, con las que llegamos a ser una familia de once miembros: padre, madre y nueve hijos, siete de ellas mujercitas. Por tanto, los afanes de mi padre por tener una economía holgada que pudiera satisfacer sus placeres culturales y gustos pequeño-burgueses se esfumaron. Y no eran gustos caros; por ejemplo, su gran afición por la lectura lo llevó siempre a comprar los libros que podía de temas tan variados como la novela policiaca inglesa, textos clásicos griegos y literatura gótica. Leí con él, recuerdo, una novela impresionante de J. K. Huysmans Allá lejos (Là-bas) (1891). También se entusiasmaba leyendo filosofía católica de autores franceses como Pierre Teilhard de Chardin y, sobre todo, Jacques Maritain y su doctrina del humanismo integral con los que se fue formando una visión ecuménica y progresista de la religión que compartió conmigo; pero su pasión fue ante todo la historia antigua de México, que aun siendo músico seguía con ahínco desde sus tiempos de juventud al lado de sus amigos historiadores de la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Morelia. Este interés por la historia precolombina lo condujo a buscar más tarde la amistad de otros intelectuales, particularmente la del gran humanista y nahuatlato José Ma. Garibay Quintana a quien visitó en algunas ocasiones. Esta relación amistosa explica la adquisición de todas las obras que traducía Garibay Quintana de literatura y poesía náhuatl, así como de sus textos históricos sobre la civilización azteca y la propia lengua náhuatl.

No recuerdo en qué momento en la avenida principal de Teziutlán, cerca del cine Real –en un edificio moderno donde tenía también su consultorio Miguel Ángel Valera, odontólogo y profesor de la preparatoria del CEPMAC–, se abrió una librería pequeña, muy elegante y bien surtida. Su propietario, cuyo nombre desgraciadamente he olvidado, en verdad sabía su negocio y no sólo procuraba mostrar permanentemente en su aparador nuevas obras, sino que traía de la ciudad de México los títulos que sus clientes le pidieran. Muy profesional y eficiente este librero. Allí me compró mi padre las novelas de Tarzán, de Edgar Rice Burroughs, que leí con mucha avidez; de igual manera adquirió para la familia una enciclopedia temática moderna en tres bellos y gruesos volúmenes y un diccionario enorme en dos tomos, uno del español y otro de varios idiomas. También se surtió en ese lugar de buenos libros y magníficas ediciones, como las Obras Completas del escritor inglés Gilbert K. Chesterton, de Janes Editor, Barcelona, 1952, en 4 volúmenes que aun conservo; uno de estos volúmenes era mi favorito: contenía toda la serie de novelas del padre Brown, un personaje singular que además de ejercer su ministerio religioso investigaba casos criminales con un método que se ha denominado “intuitivo”. Muy original y apasionante este sabueso creado por Chesterton.

No creo que mi padre tuviese mayor placer que leer sus libros y escuchar música clásica, haciéndose de cuanto acetato encontraba interesante en las pocas tiendas que los vendían en Teziutlán: la Casa Deustua en la calle Riva Palacio y la Casa Fernández en la calle Mina. En esta época, adquirió una consola Phillips donde escuché a Tchaikovsky, su Marcha Eslava que tanto me gustó, con la que comenzó realmente mi aprecio por la música orquestal. También escuchaba las sinfonías número 5 y número 6 o Patética; la suite El Pájaro de Fuego y la Sinfonía de los Salmos de Igor Stravinsky; otras obras de diversos compositores que mi padre se  encontraba en la ciudad, tales como Monteverdi, Bach, Vivaldi, Haendel, Mozart y Beethoven; también los románticos Lizt, Chopin y Shumann; además de óperas de Wagner, Verdi, Puccini, Bizet, Massenet; algo encontró también de sus favoritos franceses: La tarde del fauno, La Mer y piezas para piano de Claude Debussy; La Valse y el exquisito Concierto para piano en Sol Mayor de Maurice Ravel que fue de mi agrado desde la primera vez que lo escuché en una de las mejores interpretaciones que conozco, la de Martha Algerich. En algunas ocasiones, mi padre llegaba a casa con algunos discos interesantes que no he olvidado como un elepé de Leontyne Price, la extraordinaria soprano afroamericana consentida de Herbert von Karajan, con canciones navideñas clásicas (Christmas Offering); también recuerdo otro disco de un grupo coral francés muy particular The Swingle Singers, formado por el director Ward Swingle, que interpretaba obras de Bach a cappella y en ritmo de  jazz, acompañados únicamente con contrabajo y batería, ¡maravillosos!

Así fue agregando lenta y de manera fortuita, cada mes o cada quincena si se podía, un libro a su biblioteca o un acetato a su colección básica de música antigua, clásica y contemporánea que para mí fue la otra escuela, la del gusto musical. Todo dependía de que pudiera “caerle” alguna misa cantada o, mejor aún, la musicalización de una boda religiosa que le dejaban dinero extra.

El gran sueño de mi padre fue viajar a Europa, a Italia, pero especialmente a Francia, porque era un obstinado francófilo, al grado de haberse preparado en el idioma en la Alliance Française de San Luis Potosí; esta filia de mi padre terminó por contagiarme. Lamentablemente no pudo lograr su deseo y se debió conformar con sentarse los días de pago, en aquellas tardes de lluvia y melancolía teziutecas, a comer con mi madre algún bocadillo enlatado de importación, queso, pan y vino tinto, que compraba en una tienda de abarrotes y ultramarinos ubicada en la esquina de la calle Allende y avenida Juárez, mientras le contaba sus viajes y aventuras lectoras, la paseaba por los museos más importantes de Europa a través de su enciclopedia Salvat y disfrutaban embelesados las imágenes de las obras maestras que contenían. Mi madre también fue miembro de su club de lectores y la condujo, por ejemplo, a leer y admirar la obra del escritor católico y anarquista francés Leon Bloy, en especial sus Diarios, así como el Jesús de Nazaret del católico radical Giovani Papini. Las consecuencias de esas lecturas de mi madre fueron, a la postre, perturbadoras para nosotros, en la medida en que alentaron su inclinación evangelizadora.

Creo que las ambiciones culturales del maestro de música encontraron su límite en cierto fundamentalismo religioso de Carmelita, su mujer, que contra toda opinión médica e incluso sacerdotal se mantuvo empeñada en aceptar “los hijos que Dios mandara” –postura radical que predominó en la mentalidad popular de ciertas zonas de Michoacán de donde era oriunda mi madre y su familia. Esto dio por resultado una bendita prole de gran apetito, que sólo lograba saciarse por las destrezas maternas de hacer más con lo menos y multiplicar, a falta de peces, los panes y las tortillas, es decir, con un yantar sencillo y casero que en tierras serranas tan fértiles resultaba variado y de bajo costo. Pensaba Calo, mi madre, –a la manera de Papini– que al alimentar esa prole emulaba el milagro de la montaña: dar de comer a muchas bocas de buen diente, con lo que ganaría algunas indulgencias para su salvación. Tenía mucha razón, y nuestro agradecimiento filial por todo su esfuerzo en la cocina que contaré más adelante, contribuirá seguramente a que tenga su lugar en los sagrados fogones del Padre, cocinando una exquisita paloma en adobo celestial.


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